"Un objeto puede ser bello y peligroso simultáneamente. ¿Y por qué sería contradictorio pensar que pueden convivir dos propiedades evaluativas en un mismo objeto en un mismo tiempo?"
El sólo hecho de que pueda imaginar a alguien levantar una objeción contra el realismo acerca de los valores--una objeción que tuviera que ser replicada de esta manera--me hace reflexionar cuán desastrosamente ha llegado a ser utilizado el principio de parsimonia de Occam en nuestras seculares sociedades posmodernas.
¿Qué nos hace pensar que por economía debíamos reconstruir nuestra idea del mundo en términos metafísicos tan miserables? Al grado de que no sólo parece importante (aunque ciertamente lo es) haber separado las funciones de la Iglesia y el Estado, sino que hemos creído que esta separación conllevara también la (francamente muy equivocada) desaparición total de los debates morales en los espacios públicos. Como si la moralidad sólo fuera competencia de la Iglesia, o como si la moralidad no fuera competencia de todas las personas por el sólo hecho de ser persona. O como si nadie tuviera razones para preocuparse por ella, o como si el único posible lugar común entre todas las personas fuera la neutralidad evaluativa.
La misma idea se refleja en la dimensión estética de nuestras vidas, cuando sale a la superficie el célebre dictum "de gustibus non est disputandum", con el fin de dirimir a como dé lugar los muchos desacuerdos que surgen ante algún objeto polémico que afila nuestras sensibilidades estéticas. Pero entonces si hay divergencia de opiniones en estos temas, ¿los valores estéticos o morales no son materia para nuestras facultades intelectuales? ¿Es una engañosa ilusión de nuestras culturas alrededor del globo la idea de que el conocimiento en tales áreas de la experiencia humana no sólo sí es posible, sino que es un hecho?
La misma idea se refleja en la dimensión estética de nuestras vidas, cuando sale a la superficie el célebre dictum "de gustibus non est disputandum", con el fin de dirimir a como dé lugar los muchos desacuerdos que surgen ante algún objeto polémico que afila nuestras sensibilidades estéticas. Pero entonces si hay divergencia de opiniones en estos temas, ¿los valores estéticos o morales no son materia para nuestras facultades intelectuales? ¿Es una engañosa ilusión de nuestras culturas alrededor del globo la idea de que el conocimiento en tales áreas de la experiencia humana no sólo sí es posible, sino que es un hecho?
Creo que la navaja de Occam se ha convertido en un dogma reduccionista cuyo uso imprudente es más visible al considerar la asombrosa analogía "inmobiliaria" (por llamarla de algún modo) que he imaginado; analogía en donde se expresa una sincera preocupación por la posible saturación de los objetos físicos con esas propiedades tan extrañas y fantásticas para el ojo científico: los valores.
¡Olvidemos nuestros sistemas teóricos por un segundo y observemos al mundo tal y como es, en su justa multiplicidad!
¡Olvidemos nuestros sistemas teóricos por un segundo y observemos al mundo tal y como es, en su justa multiplicidad!
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